El único deber es desobedecer

Desobedecer: No hacer lo que dictan las leyes o la autoridad.

“Desobedecer es malo” nos dicen de pequeños, con mil patrañas filosóficas nos declaran que obedecer es necesario, la policía reprime al que desobedece, la ley castiga al que incumple la norma, nos hablan de que los buenos ciudadanos son los que obedecen, los que son sumisos, los que cumplen la ley aunque sea injusta.

Mentira. Todo es mentira, falsedad, embuste, falacia, engaño. El buen ciudadano es el que desobedece, el que se rebela contra la injusticia, el que se enfrenta a la ley y la justicia, el que está por encima de todo y busca la democracia, la paz, la justicia, el Bien. En tiempos de injusticia (¿Hubo alguna época de utópica justicia?) el único deber es desobedecer. Es gritar unida la sociedad contra la injusticia, la sinrazón, el abuso y el atropello.

Luchar con todas nuestras fuerzas, pacíficas si se puede, y violentas si no hay más remedio (el uso de la violencia como defensa y ataque colectivo lo trataré en otro post, ahora simplemente lo menciono) contra la ley injusta.


Hay gente que confunde la ley con el Bien. ¿Pero estaba bien la ley que legalizaba el esclavismo? ¿y la ley del apartheid? ¿y la absoluta disposición de la vida de los siervos por parte de los señores feudales?¿y la ley de desahucios? Martin Luther King y Mandela (por poner dos ejemplos, pero la Historia está cargada de ellos) se enfrentaron contra la legalidad, con todo, con el objetivo de un bien. Hoy yo me enfrento a esta “democracia” que no es tal cosa. Democracia es algo más que votar un dictador cada cuatro años; democracia es mucho más que poder opinar, ya que solo se escucha a los poderosos con sus medios; democracia es más que el derecho a elegir; pero democracia es

también el derecho a elegir, el mismo que la monarquía nos niega con leyes arcaicas; democracia es igualdad de oportunidades, no el imperio de los ricos que son cada vez más ricos; democracia es una justicia con la balanza equilibrada, que ahora no es más que un trasto desequilibrado por el peso del dinero; democracia es el derecho a una vivienda que nos niega y a un trabajo que no existe, y un largo etcétera.

¿No es legitimo desobedecer? ¿No es necesario cambiar esto? Desobedezcamos, busquemos nuestro bien, nuestra ley justa, nuestro futuro utópico, nuestra libertad

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De que hablo cuando hablo de vacaciones

Para mi las vacaciones no son un lugar, ni siquiera un tiempo, ni tampoco un clima. Las vacaciones, las verdaderas, las auténticas, son solamente un estado mental. Un lugar en el que el alma está en armonía con ella misma, en relajación absoluta, más allá de preocupaciones, amores y desamores, llantos y alegrías, esfuerzos y perezas.

Hay pocas condiciones, la más importante: la soledad. Una silla al sol, un libro abierto, la melodía desafinada de los pájaros fundiéndose con el rumor del oleaje contra la arena, nadie mas yo y mis pensamientos. Mis vacaciones son un paréntesis en blanco entre miles de letras escritas.

La otra condición indispensable es el tiempo; tiempo para hacer todas las cosas del mundo. Y sin embargo, no hacer nada. Ese es el mayor placer, poder hacerlo todo y no hacerlo. Como si venciera al destino, a la rutina. Las vacaciones son no hacer nada

Insomnio de una noche de verano

Julio; los versos de Sueño de una noche de verano ante mí. Acaban las páginas, abro la ventana para buscar el aire fresco. No lo encuentro, indudablemente es el más absoluto verano; pero… ¿y la noche?

Se escucha en las calles el sonido monótono de una manguera limpiar las calles; invisible desde mi ventana, quizá lejana; aun así, el sonido del agua chocar contra el pavimento se impone imperial en el extraño silencio de las dos de la madrugada en la ciudad, solo perturbado por el paso breve y despistado de algún coche. Aparte de la manguera, solo dos jovenes pisan las calles, robando tiempo al día, exprimiendo su amor bajo unos soportales, besándose como si no hubiera un después, un más tarde. En los edificios los hombres y las mujeres luchan contra algo que se parece al insomnio, batallan como el barco que trata de dominar las olas del mar. Algunas ya comprenden resignados que el mar te controla a ti, te domina con sus vaivenes, con sus embestidas; simplemente hay días en los que el mar está en calma, y otros en los que se vuelve iracundo, en esos días solo se puede esperar a que pase la tormenta. A que salga el sol. La  mujer que enciende con la mirada perdida un cigarro en el tercero bien lo sabe; el hombre que lee un libro en la terraza del ático también; el anciano que con la cortina descorrida ve indiferente la televisión, lo comprendió hace demasiado. Hoy, yo descubro horrorizado esa enfermedad, ese sentimiento resignado, esa lucha infructuosa contra el océano, esas ganas irrefrenables de ser el dueño del mundo, y sin embargo solo ser otro más que mira cansado por la ventana.

Miro al cielo, y compruebo sin palabras que la noche no existe, comprendo el insomnio, entiendo a la mujer que fuma, al hombre que lee y al viejo que ve la televisión. La noche ha muerto. No encuentro en el cielo la majestuosa luna llena que mi calendario anunciaba a todo color, no hallo el titilar incesante de las estrellas en el cielo, no atisbo si quiera la oscuridad negra de la noche, mucho menos la energía mágica que los versos de Shakespeare me contaban.

En su lugar solo hallo una densa bruma gris, casi niebla, que pose todo el ambiente, una polución cálida que no se despega de los pulmones, que sustituye a la brisa fresca de verano, que agobia al alma. En vez de luna, en vez del titilar azul blanquecino de los astros, en vez de la metafísica casi religiosa de la noche, encuentro un caparazón de luz sobre la urbe, un halo tétrico y artificial que emana de la ciudad. Emana luz como el géiser emana agua desafiando a la gravedad, desafiando también a las leyes del universo, retando a la noche, solapándola. Y como el géiser hace durante unos segundos, la luz vence a las fuerzas del universo, a la oscuridad de la noche, haciéndola irreconocible. No es insomnio; es que cuando el sol descansa, le hemos encontrado un sustituto.

La noche ha muerto ¿que vivan los hombres que la han matado? No. Que vivan los hombres que, a pesar de que en la ciudad hayan matado a la noche, mantienen intacto en su corazón el sueño mágico de una noche de verano, el inefable recuerdo de las estrellas arder, la metafísica paz del sonido del silencio, de la luz de la luna, del embargo momentáneo de tu alma a manos de Morfeo

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos

Cita

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.

El sol que se quema

Luz imperial que coronas el mundo con tu perfección, con tu belleza; esfera perfecta, símbolo de tantas cosas, Dios de tantos y tantos hombres, burlador que te escondes en invierno y reapareces siempre furioso tras una hoguera lunar.

Descansa tranquilo en el cielo, solo, luz de ti mismo, calor de tu calor. Observa el mundo desde tus aposentos infernales como el diablo observa superior a sus huéspedes del inframundo. Dios de todo, prisionero de tu propio infierno, no te envidio. Te envidié, pero que equivocado estaba… No quiero nada de lo que tengas, desprecio tu majestuosidad, tu divinidad, tu belleza perfecta, repudio tu poder, aborrezco tu superioridad, grande es el desdén con que te miro. No. No te admiro. No. No te deseo.

Yo seguiré en la tierra, mortal, imperfecto, sin más poder que sobre mí mismo, pero feliz. Uno comprende un día que la felicidad, la emoción de las cosas, se diluye en las alturas, se esfuma entre la niebla cuando uno comienza a subir el camino de la gloria. La vida se vive abajo, con los demás, el esplendor solo luce a la misma altura, la luz solo alumbra si la miras a los ojos, el calor solo calienta si se está con otro.

Desprecio tu soledad infinita, tu sabiduría tediosa, tu casa infernal en la gloria. Esplendor que te deslumbras; sol que te quemas.