Al joven revolucionario

Ayer, o yo qué se cuando, cumplía ochenta y tantos años un hombre cubano que mantiene todavía, con casi un siglo vivido, la chispa y la fuerza vital, los ideales y la tenacidad, la impaciencia y la sed, la lucha y el amor, de un joven recién enfrentado a la realidad, recién enamorado de un mundo que necesita cambios.

Hace ya más de medio siglo que con 82 hombres de los que te sobraban 70 conquistaste un poder que desde siempre os había sido arrebatado por despóticos dictadores y metrópolis de otra época, enseñando al mundo como un grupo de valientes podía hacer valer sus ideales por encima de la opresión de unos ruidosos vecinos del norte y de un sistema injusto que os explotaba. 

Tantos años después, tantas heridas en el corazón, tantas mentiras difundidas, tanto embargo económico, tanta gélida guerra, y ahí estás. Erguido, Comandante, como se yerguen los leones viejos: nobles, dignos, bellos, magnánimos, majestuosos, con la mirada joven y el pulso tranquilo, dueños de su pequeño territorio amenazado por leones más grandes, pero menos feroces. Ahí estás viejo león, aguantando durante más de 50 años embestidas y embestidas, amenazas y amenazas, mentiras y mentiras. Soportando el embargo, y sobre todo soportando la humillación a la que los medios de todo el mundo cada día te someten inundando páginas y páginas de falacias inventadas y comentarios sesgados. ¿Pero de que nos extrañamos Comandante, si los que te atacan en periódicos y medios están pagados por los que derrotaste allá por el 59? Los mismos que ahora nos hunden en la miseria de una crisis creada por ellos, en las guerras de un petroleo sin escrúpulos, los mismos que de nuestros hogares nos expulsan, los mismos que se cargan la educación y la sanidad por la que tanto sigues luchando. Sí, el Capital del que un judío alemán nos advirtió hace mucho, el capital y sus dueños. Esos que se llenan la boca con la palabra libertad, democracia y justicia; y son los que crean la injusticia, la pobreza, la dictadura del capital y la falsa libertad. ¡Los mismos que derrotaste mi Comandante!

Aquí, en esta Europa en posesión absoluta de la verdad, en esta España de tan augusta tradición democrática en la que ningún arbitrario castrense impuso su ley, ni ningún ciudadano gritó “Vivan las caenas” a ningún estúpido rey, te tachan de dictador, orgullosos de poder votar cada cuatro años a cualquier fantoche que siga atando sus “caenas”. A ti, querido Fidel, socialista soberano por aclamación popular que devolviste la soberanía a la más hermosa isla del Caribe, que arrancaste casi solo las pesadas cadenas de todo un imperio como EEUU, a ti que devolviste la fe a la humanidad, a ti que enseñaste a leer y a escribir a un pueblo analfabeto, a ti que diste de comer a los pobres, a ti que educaste a los mejores médicos y con ellos curaste a todos por el único hecho de existir, a ti que a tu pueblo privaste de lujos y los proveíste de cosas necesarias, de felicidad, a ti que buscas la paz y la justicia, la igualdad y la libertad. ¿A ti te llaman antidemócrata? Más allá de fallos, de cambios necesarios, de obstáculos puestos en el camino, de necesidad de actualización, creo que no hace falta preguntar quién es el demócrata y quienes los dictadores.

Sigue fumando joven Comandante, sigue caminando erguido por el camino de la gloria, de la verdad, de la justicia. La Historia te absolverá joven guerrero que te acercas al siglo con la ilusión de un niño. Felicidades.

El único deber es desobedecer

Desobedecer: No hacer lo que dictan las leyes o la autoridad.

“Desobedecer es malo” nos dicen de pequeños, con mil patrañas filosóficas nos declaran que obedecer es necesario, la policía reprime al que desobedece, la ley castiga al que incumple la norma, nos hablan de que los buenos ciudadanos son los que obedecen, los que son sumisos, los que cumplen la ley aunque sea injusta.

Mentira. Todo es mentira, falsedad, embuste, falacia, engaño. El buen ciudadano es el que desobedece, el que se rebela contra la injusticia, el que se enfrenta a la ley y la justicia, el que está por encima de todo y busca la democracia, la paz, la justicia, el Bien. En tiempos de injusticia (¿Hubo alguna época de utópica justicia?) el único deber es desobedecer. Es gritar unida la sociedad contra la injusticia, la sinrazón, el abuso y el atropello.

Luchar con todas nuestras fuerzas, pacíficas si se puede, y violentas si no hay más remedio (el uso de la violencia como defensa y ataque colectivo lo trataré en otro post, ahora simplemente lo menciono) contra la ley injusta.


Hay gente que confunde la ley con el Bien. ¿Pero estaba bien la ley que legalizaba el esclavismo? ¿y la ley del apartheid? ¿y la absoluta disposición de la vida de los siervos por parte de los señores feudales?¿y la ley de desahucios? Martin Luther King y Mandela (por poner dos ejemplos, pero la Historia está cargada de ellos) se enfrentaron contra la legalidad, con todo, con el objetivo de un bien. Hoy yo me enfrento a esta “democracia” que no es tal cosa. Democracia es algo más que votar un dictador cada cuatro años; democracia es mucho más que poder opinar, ya que solo se escucha a los poderosos con sus medios; democracia es más que el derecho a elegir; pero democracia es

también el derecho a elegir, el mismo que la monarquía nos niega con leyes arcaicas; democracia es igualdad de oportunidades, no el imperio de los ricos que son cada vez más ricos; democracia es una justicia con la balanza equilibrada, que ahora no es más que un trasto desequilibrado por el peso del dinero; democracia es el derecho a una vivienda que nos niega y a un trabajo que no existe, y un largo etcétera.

¿No es legitimo desobedecer? ¿No es necesario cambiar esto? Desobedezcamos, busquemos nuestro bien, nuestra ley justa, nuestro futuro utópico, nuestra libertad

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