Fogoso hielo

Cuando se cierne la noche
sobre la antigua ciudad nevada,
sigo tu regreso esperando
junto a la lumbre y sin palabras,
en aquel sofá de pasiones.

Recuerdo cuando aquí morabas:
entrabas silente cual gato en libertad,
sin decir nada, tu y la gravedad,
por algún secreto pacto te desnudaba;
tu belleza frente a mi incredulidad.

Recuerdo cuando me amabas:
te abalanzabas sobre mí
con tu piel, fogoso hielo,
derritiéndote en mí lentamente.
Mientras tus besos reavivaban
las agonizantes brasas de mi ser,
los míos templaban tu fría tez.

Recuerdo también, cuando al final,
me besabas el hombro,
y un te amo escapaba de tu susurrar.

Huellas en la arena

Hay algo especial en las huellas impresas en la arena de las playas. Restos de un paso, fantasma etéreo condenado a desaparecer por el paso de alguna indolente ola y su efervescencia blanquiazul.

Huellas grandes, huellas pequeñas, pasos rápidos, pasos lentos, zancadas largas, pasos cortos, carreras truncadas, paseos interminables, concatenaciones de huellas, huellas solitarias. Todas con una historia insondable que intento averiguar, fracasando una y otra vez, pisando encima de las huellas, impregnándome de su forma, de su pisada. ¿Cuántos misterios aguardan bajo el caminar de un hombre?

Aquí siempre recuerdo un conocido poema y ese verso que dice: Caminante son tus huellas el camino y nada más. Para mi, querido caminante, tus pasos son algo más: caminante eres tus huellas y nada más. Eres magia, eres el paso volátil cargado de vida, eres la huella sutil que me enseña el camino hacia mi mismo. 

Y sucede, en raras ocasiones, que aparece una huella en el medio de una playa solitaria, a la que el inmenso verdugo de huellas le retrasó la pena hasta la siguiente pleamar, una huella pequeña, de mujer, perfectamente imperfecta como son todas las cosas bellas. ¿De quién será? Me enamoro de un fantasma, de una huella, a la que mi imaginación le pone unas piernas largas tostadas que acaban en esos pies preciosos. ¿Cuál sería su camino para seguirlo? Aunque quizás sea mejor así, si te quedas como huella perfecta en la nada, a la que no pueda seguir el camino, y que me regale tan solo esta visión de una pisada en la que reside todo un universo de misterio y esperanza.

Os dejo este Caminante no hay camino de Serrat, del bello poema de A. Machado.

¿A dónde vas?

¿A dónde vas espíritu sin esperanza?
Escapas alto hacia borrascosas nubes
de tajantes dagas que te desangran
y persisten, todavía, a mis reveses inmunes.
Solo abulias hallo por esas latitudes;
soledades, sollozos, sangre, decrepitudes.
¿A dónde vas espíritu sin esperanza?

¿A dónde vas maltrecho corazón?
Tras ser mil veces traicionado,
destrozado otra vez por la decepción
de ser ya no más amado,
sigues, estúpido estandarte de la ilusión,
altivo como el gladiador recién liberado.
¿A dónde vas ridículo corazón?

Sigues caminando rumbo a la nada,
deshaciendo el camino al andar
por la triste travesía abandonada
que no desemboca en el olvidar;
rompe el alba de madrugada
y por un segundo te dejo de anhelar.
Tan solo instantes escapan de mi alma helada
anclada en el frío puerto del pesar.
¿A dónde vas, corazón, por la senda desdichada?

De adivinas y felicidad

Cuenta la leyenda que la bella Casandra adquirió el don de prever el futuro pactando con el joven Dios de la profecía, la luz, la verdad y demasiadas cosas más, Apolo, a cambio de mantener relaciones carnales con él. Esta, faltando a su promesa, se niega a darle tales relaciones y el joven Dios iracundo y vengativo, como todos los dioses, la castigó haciendo que todas sus acertadas profecías no fueran creídas por nadie. Como Fausto haría cientos de años después, se arrepentiría de hacer pactos con cualquier diablo o con cualquier Dios (a veces son tan parecidos…).

A veces pienso que Casandra es todas las mujeres del mundo, todas las que conocí, y todas las que me quedan por conocer. Son las grandes diosas de las profecías del amor y del placer. Y sus Apolos, orgullosos y miopes, falsas divinidades de la verdad y del futuro creen ser ellos los poseedores de dones proféticos y de pensamientos racionales. Al final, merecidamente, reciben el castigo merecido, son engañados y traicionados por la bella mortal y ellos no pudieron ni siquiera otearlo desde las altas cumbres del Olimpo.

Tengo la extraña sensación de que cuando estoy con una mujer estoy a la deriva del destino, de un sino controlado por ellas desde las profundidades de un ardiente y fogoso infierno. ¿O quizá eso ardiente y fogoso es el Edén, el jardín de las delicias? Sí, me encanta estar a su curioso vaivén, movido por los hilos de sus dulzuras. Pero tampoco puedo evitarlo; ellas ven más que yo, ven el futuro, miran directamente a los ojos al porvenir. A veces ese venidero presente es meloso y ardiente como se le prometió a Apolo, otras veces es tan duro y frío como la traición a un Dios.

Y sin embargo, en este mundo de pequeñas Casandras y falsos Apolos sigue acechando desde lo oscuro un poderoso Dionisos con su placer, con su voluntad, con sus impulsos impredecibles, con su presente de ruido y furia, de pasión no vaticinada.

En algún lugar nos siguen tentando las fauces de la felicidad enfrentada a la lógica predecible.

Nostalgia

Nada, no queda nada.
Ni de tus labios húmedos,
ni de tu mirada delicada,
ni de ese cuerpo tuyo que espanta al miedo
con sus infinitas piernas
y su delicada belleza,
ni de tus caricias tiernas,
ni de tu entera pureza,
ni de nuestro ya no más eterno amor,
no queda nada. Nada

Hoy esos ojos tuyos
traídos del más lejano oriente,
impolutos espejos color miel
reflejan la felicidad de otro,
nunca ya más la mía.
Nunca otra vez mi sonrisa

Aunque haya otras algún día
siempre serán fugitivas extranjeras
en mi corazón siempre tuyo.
Fingiré como si no supieras
que en mi alma se repite tu murmullo,
tres dulces sílabas grabadas con fuego
de tu pacífico nombre griego.