Huellas en la arena

Hay algo especial en las huellas impresas en la arena de las playas. Restos de un paso, fantasma etéreo condenado a desaparecer por el paso de alguna indolente ola y su efervescencia blanquiazul.

Huellas grandes, huellas pequeñas, pasos rápidos, pasos lentos, zancadas largas, pasos cortos, carreras truncadas, paseos interminables, concatenaciones de huellas, huellas solitarias. Todas con una historia insondable que intento averiguar, fracasando una y otra vez, pisando encima de las huellas, impregnándome de su forma, de su pisada. ¿Cuántos misterios aguardan bajo el caminar de un hombre?

Aquí siempre recuerdo un conocido poema y ese verso que dice: Caminante son tus huellas el camino y nada más. Para mi, querido caminante, tus pasos son algo más: caminante eres tus huellas y nada más. Eres magia, eres el paso volátil cargado de vida, eres la huella sutil que me enseña el camino hacia mi mismo. 

Y sucede, en raras ocasiones, que aparece una huella en el medio de una playa solitaria, a la que el inmenso verdugo de huellas le retrasó la pena hasta la siguiente pleamar, una huella pequeña, de mujer, perfectamente imperfecta como son todas las cosas bellas. ¿De quién será? Me enamoro de un fantasma, de una huella, a la que mi imaginación le pone unas piernas largas tostadas que acaban en esos pies preciosos. ¿Cuál sería su camino para seguirlo? Aunque quizás sea mejor así, si te quedas como huella perfecta en la nada, a la que no pueda seguir el camino, y que me regale tan solo esta visión de una pisada en la que reside todo un universo de misterio y esperanza.

Os dejo este Caminante no hay camino de Serrat, del bello poema de A. Machado.

Por lo áspero

Per aspera
ad astra

Bajel de noble y digno velamen
solitario vagabundo al taimado vaivén
de las tenaces olas de la mar lagrimosa,
de los tediosos soplos de una triste deidad.

Acostumbrado a la deriva marina,
y a marineros obstinados en suspirar.
Hace siglos que tus ojos no ven tierra;
que tu poderoso velaje no descansa;

y tus navegantes no degustan amargo ron,
ni la dulce fragancia de las muchachas,
ni el presidio de la tierra inmóvil.
¡Oh viejo navío por embates desgastado!

Un vetusto capitán dirige firme
nostálgico timón con rumbo a la nada
mientras canta grave y profundo:

“Vengativo Dios del viento
dueño de mi rumbo y destino
enséñame tu divino camino
y devuélveme mi falto aliento.

¡Oh Dios! no me impaciento
mas dame ese ansiado sino
que desde tanto tiempo imagino
y por él mi rumbo oriento.”

Vira al oeste el acre capitán
sol a la espalda, viento en popa;
y el veterano bajel asciende alto
impulsado por cresta de plata.

A la vista: piedra preciosa terrestre;
en los ojos; lágrimas de alegría.
Ansiado tesoro, anhelado destino,
codiciado polvo, deseada dicha.

Todas las tristezas del mundo
compensan por un instante de alegría.
Todas las asperezas pasaría
por ver tu cielo desnudo.