Fogoso hielo

Cuando se cierne la noche
sobre la antigua ciudad nevada,
sigo tu regreso esperando
junto a la lumbre y sin palabras,
en aquel sofá de pasiones.

Recuerdo cuando aquí morabas:
entrabas silente cual gato en libertad,
sin decir nada, tu y la gravedad,
por algún secreto pacto te desnudaba;
tu belleza frente a mi incredulidad.

Recuerdo cuando me amabas:
te abalanzabas sobre mí
con tu piel, fogoso hielo,
derritiéndote en mí lentamente.
Mientras tus besos reavivaban
las agonizantes brasas de mi ser,
los míos templaban tu fría tez.

Recuerdo también, cuando al final,
me besabas el hombro,
y un te amo escapaba de tu susurrar.

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Ritual nocturno (II)

Tragos de alcohol golpean fuertes y amargos las gargantas, pero endulzan las conversaciones. En este ritual tribal el alcohol es nuestra más preciada pócima, elixir de la verdad, edulcorante del corazón, potenciador de palabras, poción amnésica.

La oscuridad de las tres de la madrugada es menos negra con ellos y sus risas. Hablamos de los más ancestrales e irresolubles dilemas de la humanidad como eruditos ofuscados en conocer ellos la verdad, una verdad que no existe más lejos de opiniones absurdas. Resolvemos el mundo con la misma facilidad que lanzamos las cartas a la mesa llena de fichas; hallamos la felicidad con la misma sencillez que saludamos al entrar.

Podemos pasar la noche hablando sobre un mismo tema insignificante, incluso alargándolo a nuestra próxima reunión convirtiéndolo en una perfecta excusa para volver a vernos.

Y al final, alguna hora antes de que el alba irrumpa en la oscuridad siempre se acaban las palabras. Una atmósfera bizarra nos inunda aislándonos en nosotros mismos, en nuestros pensamientos, inmunes al exterior pese a estar acompañados. Unos encienden un cigarro, otros se duermen en el sofá, los demás miran a la nada. A mi me gusta coger algún libro de la escasa pero bien escogida biblioteca, juntar una silla al lado de alguien que fuma y contemplar, entre párrafo y párrafo, el todo del cielo estrellado.

Ritual nocturno (I)

A la luz de una insignificante bombilla ajada por el tiempo nos reunimos en un ático no tan insignificante a gastar la noche entre conversaciones mis siempre queridos amigos. Entre cajas de comida llenas de la más exótica comida que encontramos en los folletos de comida a domicilio y entre el único lujo (además de las vistas del ático de un buen amigo) una botella de algún buen alcohol siempre sin mezclar que nos cuesta más que toda la comida, consumimos entre risas y discusiones las noches no tan cálidas del verano español septentrional.

Somos siempre nosotros, los mismos desde hace tantos años. “No se permiten las faltas sin justificación expresa” reza el código de honor no escrito entre nosotros. El mismo que permite de buena gana invitados, a los que poner la palabra intruso no sería más que un gran embuste. Los visitantes son como la amante que proporciona placer, pasión y risas unas cuantas noches, son ese descubrimiento de un cuerpo desconocido que despierta al alma, son el resplandor intenso de una estrella moribunda. Sin embargo los amigos, los de siempre, son como ese matrimonio que caído en la rutina de conocerse hasta el más secreto rincón del alma, no se cansan de encontrarse, de amarse, de descubrirse juntos, como el elefante que regresa a donde nació.

Este código tan nuestro, sin ninguna lógica ni razón impera unos encuentros en los que nadie osa romper esta carta magna. Esta ley solo permite hombres en la noche (nada se dice del día), desde siempre y para siempre por una razón extrañamente metafísica. Juro que no es machismo, ni falta de buenas amigas, ni miedo a sus bellezas. Es “sin demasiada lógica ni razón” una especie de rito ancestral con la noche, una comunión tribal entre la oscuridad y el hombre. Las mujeres aún así están tan presentes en nosotros, en nuestras palabras, como el bello tiritar de las estrellas en la bóveda celeste que todo inunda; urdiendo desde lejos nuestras conversaciones, cada uno con nuestra luna, cada cual con nuestra estrella polar para guiarnos y una fugaz para alegrarnos la imaginación.

Insomnio de una noche de verano

Julio; los versos de Sueño de una noche de verano ante mí. Acaban las páginas, abro la ventana para buscar el aire fresco. No lo encuentro, indudablemente es el más absoluto verano; pero… ¿y la noche?

Se escucha en las calles el sonido monótono de una manguera limpiar las calles; invisible desde mi ventana, quizá lejana; aun así, el sonido del agua chocar contra el pavimento se impone imperial en el extraño silencio de las dos de la madrugada en la ciudad, solo perturbado por el paso breve y despistado de algún coche. Aparte de la manguera, solo dos jovenes pisan las calles, robando tiempo al día, exprimiendo su amor bajo unos soportales, besándose como si no hubiera un después, un más tarde. En los edificios los hombres y las mujeres luchan contra algo que se parece al insomnio, batallan como el barco que trata de dominar las olas del mar. Algunas ya comprenden resignados que el mar te controla a ti, te domina con sus vaivenes, con sus embestidas; simplemente hay días en los que el mar está en calma, y otros en los que se vuelve iracundo, en esos días solo se puede esperar a que pase la tormenta. A que salga el sol. La  mujer que enciende con la mirada perdida un cigarro en el tercero bien lo sabe; el hombre que lee un libro en la terraza del ático también; el anciano que con la cortina descorrida ve indiferente la televisión, lo comprendió hace demasiado. Hoy, yo descubro horrorizado esa enfermedad, ese sentimiento resignado, esa lucha infructuosa contra el océano, esas ganas irrefrenables de ser el dueño del mundo, y sin embargo solo ser otro más que mira cansado por la ventana.

Miro al cielo, y compruebo sin palabras que la noche no existe, comprendo el insomnio, entiendo a la mujer que fuma, al hombre que lee y al viejo que ve la televisión. La noche ha muerto. No encuentro en el cielo la majestuosa luna llena que mi calendario anunciaba a todo color, no hallo el titilar incesante de las estrellas en el cielo, no atisbo si quiera la oscuridad negra de la noche, mucho menos la energía mágica que los versos de Shakespeare me contaban.

En su lugar solo hallo una densa bruma gris, casi niebla, que pose todo el ambiente, una polución cálida que no se despega de los pulmones, que sustituye a la brisa fresca de verano, que agobia al alma. En vez de luna, en vez del titilar azul blanquecino de los astros, en vez de la metafísica casi religiosa de la noche, encuentro un caparazón de luz sobre la urbe, un halo tétrico y artificial que emana de la ciudad. Emana luz como el géiser emana agua desafiando a la gravedad, desafiando también a las leyes del universo, retando a la noche, solapándola. Y como el géiser hace durante unos segundos, la luz vence a las fuerzas del universo, a la oscuridad de la noche, haciéndola irreconocible. No es insomnio; es que cuando el sol descansa, le hemos encontrado un sustituto.

La noche ha muerto ¿que vivan los hombres que la han matado? No. Que vivan los hombres que, a pesar de que en la ciudad hayan matado a la noche, mantienen intacto en su corazón el sueño mágico de una noche de verano, el inefable recuerdo de las estrellas arder, la metafísica paz del sonido del silencio, de la luz de la luna, del embargo momentáneo de tu alma a manos de Morfeo