Una sonrisa en el abismo

Aquel día me rescató del abismo
un par de labios escarlata
que en mi noche escribieron una posdata
trazada con besos y erotismo.

Diez minutos resistí con estoicismo
aquella traviesa sonrisa de gata
y pronto supe que sería más que grata
cuando solo con un beso me arrancó el pesimismo.

Era una sonrisa pegada a una señorita
que el mundo quería revolucionar
y, sin intentarlo, revolucionar consiguió el mío

Y, al final, es una sonrisa infinita
la que al perdido sabe rescatar
y a toda la civilización salvar.

Revolución

Cansado el pueblo de injusticias
ocupó enfurecido las calles
anhelante de tener lo que es suyo
y, sin embargo, jamás poseyó:
Democracia, justicia, libertad,
seguridad, fraternidad, igualdad,
pero más importante que nada: Dignidad.

El mundo comprendió a golpes
que democracia no son urnas;
sino que son plazas ocupadas,
son carteles, gritos, asambleas,
son ardientes discursos de verdades,
páramos de promesas y selvas de hechos.
son personas, son ideas, son discusiones,
son puños en alto y canciones.
Quinces de mayo, o mayos del 68.

El mundo aprendió a golpes
que democracia es revolución.

Fogoso hielo

Cuando se cierne la noche
sobre la antigua ciudad nevada,
sigo tu regreso esperando
junto a la lumbre y sin palabras,
en aquel sofá de pasiones.

Recuerdo cuando aquí morabas:
entrabas silente cual gato en libertad,
sin decir nada, tu y la gravedad,
por algún secreto pacto te desnudaba;
tu belleza frente a mi incredulidad.

Recuerdo cuando me amabas:
te abalanzabas sobre mí
con tu piel, fogoso hielo,
derritiéndote en mí lentamente.
Mientras tus besos reavivaban
las agonizantes brasas de mi ser,
los míos templaban tu fría tez.

Recuerdo también, cuando al final,
me besabas el hombro,
y un te amo escapaba de tu susurrar.

¿A dónde vas?

¿A dónde vas espíritu sin esperanza?
Escapas alto hacia borrascosas nubes
de tajantes dagas que te desangran
y persisten, todavía, a mis reveses inmunes.
Solo abulias hallo por esas latitudes;
soledades, sollozos, sangre, decrepitudes.
¿A dónde vas espíritu sin esperanza?

¿A dónde vas maltrecho corazón?
Tras ser mil veces traicionado,
destrozado otra vez por la decepción
de ser ya no más amado,
sigues, estúpido estandarte de la ilusión,
altivo como el gladiador recién liberado.
¿A dónde vas ridículo corazón?

Sigues caminando rumbo a la nada,
deshaciendo el camino al andar
por la triste travesía abandonada
que no desemboca en el olvidar;
rompe el alba de madrugada
y por un segundo te dejo de anhelar.
Tan solo instantes escapan de mi alma helada
anclada en el frío puerto del pesar.
¿A dónde vas, corazón, por la senda desdichada?

Haikus: Versos del UniVerso

La inmortal vida
sigue escribiendo versos
para los hombres.

El fulgor de astros
continúa alumbrando
bellos apuntes.

Este planeta
sigue legando letras
a los poetas.

El escritor
es dictado los versos
por raros cosmos.

Y hurtar estrofas
a lindas primaveras
sí es poesía.

Cualquier instante
la negra tinta troca
eternidad.

La noble pluma
sigue grabando versos
para el recuerdo.

La vida sigue,
aún sin escritores,
siendo poema.

Tu digno nombre,
Universo llamado
imperfectible es;
pues por versos compuesto
estás todo: ¡Oh UniVerso!

Gato

Taimada mirada de marihuana,
etéreos espejos de mi vida
que oteáis esa gran desconocida
felicidad de la alegre mañana.

Calmada vida muy poco mundana
de movimientos persas comprendida
y de recuerdos que jamás olvida
dentro de su denso lomo avellana.

Noble fiera escolta de mi costumbre
acompáñame en la confusa noche
escuchando esta tan vana quejumbre.

Tu maullido resuena sin reproche
con la especial bizarra certidumbre
de la leonada luna de anoche.

Tabaquería

Largo, pero merece la pena. Gran reflexión sobre uno mismo e invitación a hacerla a los lectores. Leer es descubrirse a uno mismo, este poema para mí lo hace. No leen igual una palabra dos personas distintas, que cada uno se descubra en este poema del gran Fernando Pessoa:

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
del cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe quién es
(y de saberse, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,
con la muerte manchando de humedad las paredes y blanqueando
                                                                  [los cabellos a los hombres,
con el Destino que guía el carro de todo por el camino de nada. 

Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese a punto de morir,
y no tuviese más hermandad con las cosas
que la de una despedida, tornándose esta casa y este lado de la calle
en el convoy de un tren, y el silbido de su partida
desde dentro de mi cabeza,
sacudidos mis nervios y chirriantes mis huesos al arrancar.

Hoy estoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fracasé en todo.
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
Con el aprendizaje que me dieron,
me descolgué por la ventana trasera de la casa.
Fui al campo con grandes propósitos.
pero allí sólo encontré yerbas y árboles,
y si había gente era igual a la otra.
Abandono la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tanta cosa!
¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no podrán serla 
                                                                                               [tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se conciben en sueños genios como yo,
y la historia no señalará, ¿quién sabe? ni a uno,
ni quedará sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay tantos locos descerebrados con tantas 
                                                                                                 [certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
—sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,
y quién sabe si realizables,
nunca verán la luz del sol real ni llegarán a oídos de nadie?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que cuanto Napoleón hizo.
He abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo.
Hice filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para eso;
seré siempre tan sólo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una 
                                                                              [pared sin puerta
y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,
y escuchó la voz de Dios en un pozo cerrado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámeme la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que me despeina el cabello,
y lo demás que venga si viene o tuviera que venir, o no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y él es opaco,
nos levantamos y él es ajeno,
salimos de la casa y él es la tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolatinas, pequeña;
¡Come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de las 
                                                                          [chocolatinas.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Si pudiese yo comer chocolatinas con la misma verdad con que tú 
                                                                                            [las comes!
Mas yo pienso y, al quitarles el papel de plata, que es de hoja de 
                                                                                           [estaño,
arrojo todo al suelo, como arrojé la vida.)

Pero al menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico quebrado hacia lo Imposible.
Mas al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble al menos por el gesto de largueza con que arrojo
la ropa sucia que soy, sin motivo, para el discurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como estatua con vida,
o patricia romana, de improbable nobleza y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
o cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
o no sé qué moderno —no concibo bien qué—,
todo eso, sea lo que sea, que seas, si puede inspirar ¡qué inspire!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco
a mí mismo y nada encuentro.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan
veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
Y todo esto me es ajeno, como todo.)

Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
A cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca vivieses ni estudiases ni amases ni creyeses
(porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer nada 
                                                                                        [de eso);
tal vez hayas existido apenas, como una lagartija a quien cortan 
                                                                                              [el rabo
y es sólo un rabo retorciéndose más acá de la lagartija.

Hice de mí lo que no supe,
y lo que pude hacer de mí no lo hice.
El disfraz que vestí era equivocado.
Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, 
                                                                             [y me perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
estaba pegada a la cara.
Cuando la arrojé y me vi en el espejo, ya había envejecido.
Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había 
                                                                                      [quitado.
Arrojé la mascara y dormí en el vestuario 
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte como cosa que yo hice,
y no quedarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo,
como una alfombra en la que un borracho tropieza
o el capacho que los gitanos robaron y no valía nada.
Pero el Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta y se quedó 
                                                                            [en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza vuelta
y con la incomodidad del alma que mal entiende.

Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, yo dejaré versos.
Un día morirá el letrero también y mis versos también.
Después morirá la calle donde estuvo el letrero,
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente
continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo 
                                                         [de cosas como letreros.

Siempre una cosa frente a la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del misterio 
                                                                                   [de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿para comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me incorporo a medias enérgico, convencido, humano,
y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia,
y gozo, en un momento sensitivo y adecuado,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de estar 
                                                                                  [mal dispuesto.

Después me reclino en la silla
y sigo fumando.
Hasta que el Destino me lo permita continuaré fumando

(Si me casase con la hija de mi lavandera
tal vez fuese feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.

El hombre salió de la Tabaquería (¿guarda el cambio en el bolsillo 
                                                                                  [del pantalón?).
Ah, lo conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería asoma a la puerta.)
Como por instinto divino, el Esteves se volvió y me vio.
Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la 
                                                                   [Tabaquería sonríe.