Huellas en la arena

Hay algo especial en las huellas impresas en la arena de las playas. Restos de un paso, fantasma etéreo condenado a desaparecer por el paso de alguna indolente ola y su efervescencia blanquiazul.

Huellas grandes, huellas pequeñas, pasos rápidos, pasos lentos, zancadas largas, pasos cortos, carreras truncadas, paseos interminables, concatenaciones de huellas, huellas solitarias. Todas con una historia insondable que intento averiguar, fracasando una y otra vez, pisando encima de las huellas, impregnándome de su forma, de su pisada. ¿Cuántos misterios aguardan bajo el caminar de un hombre?

Aquí siempre recuerdo un conocido poema y ese verso que dice: Caminante son tus huellas el camino y nada más. Para mi, querido caminante, tus pasos son algo más: caminante eres tus huellas y nada más. Eres magia, eres el paso volátil cargado de vida, eres la huella sutil que me enseña el camino hacia mi mismo. 

Y sucede, en raras ocasiones, que aparece una huella en el medio de una playa solitaria, a la que el inmenso verdugo de huellas le retrasó la pena hasta la siguiente pleamar, una huella pequeña, de mujer, perfectamente imperfecta como son todas las cosas bellas. ¿De quién será? Me enamoro de un fantasma, de una huella, a la que mi imaginación le pone unas piernas largas tostadas que acaban en esos pies preciosos. ¿Cuál sería su camino para seguirlo? Aunque quizás sea mejor así, si te quedas como huella perfecta en la nada, a la que no pueda seguir el camino, y que me regale tan solo esta visión de una pisada en la que reside todo un universo de misterio y esperanza.

Os dejo este Caminante no hay camino de Serrat, del bello poema de A. Machado.

Sueño

Ayer soñé. Sueño todos los días, pero ayer lo hice despierto otra vez. Como tantas y tantas veces, sueño tanto despierto como dormido.

Me siento en el silencio y lo perturban gritándome que haga algo. ¿Acaso hay un cometido mayor que el de soñar? Soñar es construir un mundo esntero cual Dios en el mismo momento que cierras los ojos; viajas más rápido que cualquier máquina  inventada por el hombre a lugares idílicos, algunos todavía sin inventar; vivir tantas vidas como mil gatos juntos; crear momentos tan cargados de recuerdos como de esperanzas; tener lo que la realidad te quita y revivir lo que te dio; crear universos en los que la palabra utopía haya sido ascendida en el diccionario a sinónimo de realidad; cambiar todo lo que odio en un instante, perpetuar todo lo que amo por la eternidad; inmortalizar la primavera de un mayo florido; tenerte otra vez entre mis brazos, desnuda, oyéndote suspirar al oído, mirándote esos ojos de avellana oscura…

Sin embargo, no está todo. Me falta la brisa de la Libertad y me faltan tus tiernas caricias y tu dulce olor a manzana madura y la piel no se me eriza con tu mordisco en la oreja y no sabe a nada esa piel que tenía gusto de miel… Esta debe ser la perversa trampa que algún iracundo Dios fabricó para obligarnos a abrir los ojos, huir de la perfección, y que paremos de soñar para buscar ese sabor a miel y olor a manzana, en las más tempranas mañanas cuando el sol se resiste a irrumpir en la noche y mi mente te busca a ti.

Sol y sangre

En el oeste el sol todavía se resistía con fuerza. Horas quedaban para que se fundiera en el púrpura crepuscular y dejara su espacio a la noche. No había más que dos solitarias nubes con forma de sábana ondeando al viento. Sin embargo no sopla si quiera el viento.
Hacia Sol, no solo se sentía el calor, se olían los rayos de luz, el aire sabía a sol, incluso se oía el sonido de los rayos solares estrellándose contra la gravilla del suelo.
No se sentía nada mas, unos pájaros volaban sin piar en círculos. Rompiendo con la perfecta armonía silenciosa del sol , el ruido sordo y seco de un pájaro chocando contra el ardiente suelo destroza la paz interior de las almas.
El olor de la sangre se funde con el del sol creando una fragancia dulce, extrañamente atractiva. Hilos granates descendían inexorables entre la gravilla dejando atrás el inerte cuerpo de un pájaro que en su día volaría alto.
Y ahí estoy yo, como una estatua griega, mirando el espectáculo macabro. Y ahí sigue el sol derritiéndome los sentimientos y la sangre turbándome el espíritu. Me inunda su olor, no puedo escapar, mis piernas no responden. Y cualquier paz, cualquier armonía, cualquier nirvana que tuviera desaparecen de un plumazo. ¿Hasta cuándo?

Ritual nocturno (II)

Tragos de alcohol golpean fuertes y amargos las gargantas, pero endulzan las conversaciones. En este ritual tribal el alcohol es nuestra más preciada pócima, elixir de la verdad, edulcorante del corazón, potenciador de palabras, poción amnésica.

La oscuridad de las tres de la madrugada es menos negra con ellos y sus risas. Hablamos de los más ancestrales e irresolubles dilemas de la humanidad como eruditos ofuscados en conocer ellos la verdad, una verdad que no existe más lejos de opiniones absurdas. Resolvemos el mundo con la misma facilidad que lanzamos las cartas a la mesa llena de fichas; hallamos la felicidad con la misma sencillez que saludamos al entrar.

Podemos pasar la noche hablando sobre un mismo tema insignificante, incluso alargándolo a nuestra próxima reunión convirtiéndolo en una perfecta excusa para volver a vernos.

Y al final, alguna hora antes de que el alba irrumpa en la oscuridad siempre se acaban las palabras. Una atmósfera bizarra nos inunda aislándonos en nosotros mismos, en nuestros pensamientos, inmunes al exterior pese a estar acompañados. Unos encienden un cigarro, otros se duermen en el sofá, los demás miran a la nada. A mi me gusta coger algún libro de la escasa pero bien escogida biblioteca, juntar una silla al lado de alguien que fuma y contemplar, entre párrafo y párrafo, el todo del cielo estrellado.

Ritual nocturno (I)

A la luz de una insignificante bombilla ajada por el tiempo nos reunimos en un ático no tan insignificante a gastar la noche entre conversaciones mis siempre queridos amigos. Entre cajas de comida llenas de la más exótica comida que encontramos en los folletos de comida a domicilio y entre el único lujo (además de las vistas del ático de un buen amigo) una botella de algún buen alcohol siempre sin mezclar que nos cuesta más que toda la comida, consumimos entre risas y discusiones las noches no tan cálidas del verano español septentrional.

Somos siempre nosotros, los mismos desde hace tantos años. “No se permiten las faltas sin justificación expresa” reza el código de honor no escrito entre nosotros. El mismo que permite de buena gana invitados, a los que poner la palabra intruso no sería más que un gran embuste. Los visitantes son como la amante que proporciona placer, pasión y risas unas cuantas noches, son ese descubrimiento de un cuerpo desconocido que despierta al alma, son el resplandor intenso de una estrella moribunda. Sin embargo los amigos, los de siempre, son como ese matrimonio que caído en la rutina de conocerse hasta el más secreto rincón del alma, no se cansan de encontrarse, de amarse, de descubrirse juntos, como el elefante que regresa a donde nació.

Este código tan nuestro, sin ninguna lógica ni razón impera unos encuentros en los que nadie osa romper esta carta magna. Esta ley solo permite hombres en la noche (nada se dice del día), desde siempre y para siempre por una razón extrañamente metafísica. Juro que no es machismo, ni falta de buenas amigas, ni miedo a sus bellezas. Es “sin demasiada lógica ni razón” una especie de rito ancestral con la noche, una comunión tribal entre la oscuridad y el hombre. Las mujeres aún así están tan presentes en nosotros, en nuestras palabras, como el bello tiritar de las estrellas en la bóveda celeste que todo inunda; urdiendo desde lejos nuestras conversaciones, cada uno con nuestra luna, cada cual con nuestra estrella polar para guiarnos y una fugaz para alegrarnos la imaginación.